Cuando era bebé mi mamá tenía pánico que me muriera de frío. Helada. Entonces me emponchaba como para pasar el invierno a la intemperie en la Antártida. Y no para salir de casa, para dormir en mi cuna!
Cada vez que me mudé, la preocupación más grande era que la casa tuviera calefacción, que no pasara frío. Me ha regalado por lo menos 3 mantas y pijamas calentitos a millones.
No es casual que cuando llegan los tiempos frescos, como este fin de semana, si voy al súper me encuentro mirando las mantitas... Sin importar que en casa tenga dos de polar, frazadas al por mayor, siempre me encuentro mirando las mantitas. Me encantan sus colores, las texturas, cómo las doblan hechas un rollito... Y hago un esfuerzo sobrehumano para no comprar una, varias o todas en ese mismo momento.
Madre, sabelo, te culpo por mi adicción a las mantas. Pero se duerme tan lindo cuando hace frío acurrucada como un capullo en las mantitas de polar!