Hace unos 10 años, convivía con un señor. Señor es una palabra que le queda grande en todos sus sentidos, sinónimos y significados. Era un tipo insignificante, eso sí, en todos los sentidos, sinónimos y significados. No era lindo, no era romántico, no era sexy, no era ni siquiera un intelectual, tal vez medianamente inteligente. En fin, qué nos juntó, aún me lo pregunto... A los casi 4 años de estar saliendo, y 2 conviviendo, se casó su hermano. En medio de la fiesta, me propone que nos casemos nosotros también. Luces rojas, sirenas y alarmas. Tuve el buen tino de decir que no, no una sino varias veces. Motivo de su propuesta: que sus padres nos podrían regalar un departamento y así ahorraríamos el alquiler... Preciosa premisa para empezar una vida juntos.
Tal vez la mortaja no llegó con la fatal pregunta. La mortaja venía con el paquete de la relación, empacadita desde el inicio. Pero bueno, es mi mortaja y mi casamiento... Que me la mandó el cielo, sin dudas. En mi vida estuve más segura de algo, ese no, esa negativa, me salvó de una vida muy muy infeliz.