miércoles, 16 de abril de 2008

De mis abuelas

Por lo general, todos tenemos dos abuelas. La mamá de tu mamá y la mamá de tu papá. Yo tuve cuatro. Casi cinco me animo a decir si la cuento a Lolita.

Mis abuelas fueron cuatro: La abuela Beatriz, la abuela Sara, Lita y Tata. La abuela Beatriz era la mamá de mi papá. Sara la de mi mamá. Lita la hermana mayor de mi mamá y Tata la del medio. Pero como mi mamá nació dos décadas después que sus hermanas, y casi al mismo tiempo que sus sobrinos, mis tías nunca fueron tías, sino abuelas.

Hay muchas ventajas en esto del cuatriabuelismo: Te deberían malcriar por cuatro, te deberían apañar por cuatro, etc. En mi caso, era por tres. La abuela Sara no era muy afecta a estas cosas y cuando yo llegué además, la pobre ya no tenía más ganas de nietos... Ya tenía bisnieto encima.

Sara venía de Odessa, huyendo de las persecusiones antisemitas. Era una mujer, alta, hermosa, con unos ojos que si no estaban de buenas, podían helar la sangre. Eran de un color celeste transparente. Y así se te ponía el color de la sangre si la abuela se enojaba. Cuando llegó a la Argentina, la metieron en un internado de monjas. No hablaba español y lo único que le gustaba, se lo prohibieron: tejer. Juntaba piolas e hilitos y se armaba ovillos que luego tejía con improvisadas agujas que se hacía con palitos. La casaron a los 14 años con un señor mucho mayor que ella y no fue feliz. Tuvo dos hijas con este señor, que no conocí. Se separó a los 18 o 19 años, se cargó a sus dos hijas al hombro y salió adelante. Pasado el tiempo se casó via Montevideo con mi abuelo, Antonio, un andaluz amante de los animales y que la adoraba. Más tarde nació mi mamá, una gitanilla de alma, apenas caminaba y ya bailaba flamenco sobre la mesa del comedor de la calle Campichuelo.

Beatriz era hija de un masón genovés, profesor de esgrima y una alemana judía. De chica se enfermó de escarlatina y lo único que la dejaron hacer fue tocar el piano y tejer. Era una mujer bonita con los ojos celestes y pestañas que le marcaban los cristales de los lentes. El masón decidió que cada hijo eligiera su religión, así que tuvo tres hijas de distintas vertientes protestantes y un hijo, el Tío Ray, que no sé qué religión profesaba, pero que hacía unos San Jorge de oro deliciosos. El abuelo Armando, la conoció porque su profesor de esgrima los presentó. Se casaron y vivieron juntos hasta que la muerte los separó. Primero se fue él, y al poco tiempo se fue ella. Tuvieron dos hijos, Beatriz Violeta y mi papá, que me contaron de chico era tremendo.

Beatriz me malcrió, me dio mi primer licor de chocolate, inició mi colección de muñequitos del Jack, me enseñó a jugar a las cartas, fue cómplice en mi adolescencia.

Sara me heredó algo de su carácter -algo que a veces no es muy halagador-, su piel blanca, nada de su estatura, en ese reparto salí al abuelo Antonio...

Pero será de Dios, el color de ojos no lo saqué a ninguna de las dos?

4 comentarios:

Siesta escandalosa dijo...

Envidio a bailadora de flamenco sobre mesa de comedor. Tomé clases pero terminamos estresadas: yo y la profesora.

Paula Cautiva dijo...

Ni te imaginás lo útiles que le resultaron las habilidades para patearle los libros a la profesora de inglés...

meki dijo...

Pobre Sara, no sabía que le prohibieron tejer! Una tristeza.

Paula Cautiva dijo...

Sara tuvo una vida jodida pobre...